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Drogas - Alcohol

Indtroducción

Según la Organización Mundial de la Salud:

Alcohólico: Bebedor de alcohol en tal grado de dependencia que manifiesta alteraciones notables de su salud, física y psíquica, con interferencias en sus relaciones interpersonales.

Alcoholismo: Enfermedad crónica y progresiva caracterizada por la dependencia del alcohol, con pérdida del control sobre el beber.

La sociedad no sólo permite sino que muchas veces estimula el uso del alcohol. Con excepción de las comunidades que lo prohíben por motivos religiosos, el alcohol circula libremente, y su venta y consumo están sólo prohibidos a los menores de edad; ningún adulto necesita un permiso especial para beber.

Desde luego que hay una diferencia obvia entre beber normalmente y emborracharse. Para llegar a la intoxicación se necesita ingerir una determinada cantidad en un determinado lapso, que dependerá de factores personales (edad, sexo, metabolismo), clase de bebida, mezclas, y hasta circunstancias de tiempo y lugar. De todas formas, es fácil detectar la diferencia entre un bebedor social y aquél que bebe excesivamente.

El alcohol es un excelente comunicador social. Tomado con moderación, distiende y desinhibe a la gente. Nos resulta difícil, por ejemplo, imaginar un casamiento o una divertida fiesta de cumpleaños tomando jugo de naranja. Reunirse con amigos requiere unas copas, sobre todo en el festejo; el brindis rubrica viejas amistades, es un buen augurio para las nuevas, cierra un buen negocio y es un símbolo de prosperidad y salud, al punto que se lo celebra habitualmente con esta última palabra.

Sin embargo, el alcohol puede resultar un arma de doble filo, tanto individual como socialmente. Es común enterarse por los medios que algunas fiestas terminan en tragedia a causa de la “mala bebida”, una eufemística expresión para aludir a la borrachera. Ocurre que la misma clase de bebida, tomada en idéntica cantidad, produce efectos diferentes según las características personales que señalamos más arriba. Y este simple hecho nos lleva directamente a la pregunta crucial:

¿Cómo saber quién es alcohólico?

La respuesta no es fácil debido a la existencia de algunos conceptos erróneos, muchos prejuicios y bastante falta de conocimiento. Por otra parte, alrededor del tema se mueven intereses familiares e incluso sociales, y la negación del hecho no existe sólo por parte de su protagonista: a veces los parientes se niegan a reconocer que tienen en la familia a un “vicioso.”

La actitud general ante el problema oscila entre una crítica despiadada y una comprensión benevolente: o bien los borrachos son degenerados que deberían estar en la cárcel o el manicomio, o bien son cómicos que en realidad no le hacen daño a nadie y lo mejor es no darles tanta importancia. Ambas actitudes soslayan el núcleo del problema.

En primer lugar, es indispensable definir y enfocar el tema en forma apropiada. No todos los que beben en exceso son alcohólicos, e incluso hay diversas formas y tipos de alcoholismo y alcohólicos. Lo que los hechos parecen  confirmar es que los alcohólicos son aquellos que beben con culpa, generalmente inconsciente. Suelen dar explicaciones, como que beben para mitigar el excesivo calor o el frío, o para calmarse luego de un supuesto disgusto que acaban de tener, o para aplacar su sed. Difícilmente admiten que beben porque les gusta, y explican cuando nadie les pide que expliquen nada.

Hay que referirse primero a las personas abstemias, aquellas que por razones de preferencia, religión, cultura o principios personales no beben alcohol. Luego están quienes beben moderadamente, y aunque se emborrachen en alguna ocasión especial deben ser considerados como bebedores sociales. Quienes beben con mucha frecuencia y en cantidades inmoderadas pueden ser llamados bebedores excesivos, y en sucesivas etapas bebedores problema. Muchos de ellos tendrían que reconocer que se encuentran al borde del abismo: de allí al alcoholismo hay apenas un paso.

Un alcohólico, entonces, podría definirse como la persona que padece el ansia irrefrenable de beber y no tiene la posibilidad de abstenerse, es decir, que una vez que inicia la ingesta no puede detenerse aunque se lo proponga. Esto puede llegar a estar vinculado a una posible predisposición genética. Pero lo peor está señalado por la imposibilidad de abstenerse: si la persona pasa un período de abstinencia, llega un momento en que no puede mantenerse por más tiempo sin beber; ineludiblemente reincide en la bebida, y una vez que la prueba sólo se detendrá cuando rompa el nivel de tolerancia física.

También hay personas que, sin llegar a esos extremos, tienen una dependencia psicológica con el alcohol: los denominados adictos al alcohol. En este caso, la terminología es equivalente, dependientes o adictos no pueden dejar el alcohol en forma espontánea, carecen de fuerza de voluntad para hacerlo. Otro caso es el de aquellos que llegan a una etapa en la cual su mente y su físico han acusado severos daños, y los efectos del alcohol subsisten aún cuando no continúen bebiendo. Se los denomina alcohólicos crónicos.

En Estados Unidos, el Consejo Nacional de Alcoholismo define esta adicción como “una enfermedad crónica, progresiva y potencialmente fatal”. Se caracteriza por la tolerancia y dependencia física, o cambios orgánicos patológicos, o ambos, consecuencia directa o indirecta del alcohol ingerido.”

Los límites entre un bebedor social, un bebedor excesivo y un alcohólico no resultan delineados con demasiada precisión. Es importante señalar que la imagen popular hace del alcohólico un vagabundo que vive abajo de un puente, y de hecho, sólo un ínfimo porcentaje de alcohólicos llega a estos extremos. Es necesario saber que hay alcohólicos que viven en medio de nosotros, trabajan - hasta donde pueden y con un rendimiento cada vez menos eficaz- y a veces hasta forman parte de nuestras amistades o incluso de nuestras familias.

CAUSAS

El alcoholismo, como casi todas las adicciones, reconoce tres causas básicas: personales, sociales y familiares. A su vez, las primeras pueden subdividirse en psicológicas y físicas. Desde luego, esta división es esquemática y sirve para encuadrar el problema, sin perjuicio de que pueda haber una influencia recíproca entre dos o más causas.

¿Existe una personalidad alcohólica?

Ante todo, es necesario aclarar que el alcoholismo es siempre un síntoma de diversos trastornos de la personalidad. Sin perjuicio de esto, y bajo determinadas condiciones, constituye en sí una grave enfermedad física y mental, lo que no impide que sea siempre un síntoma. El tema merece algunas reflexiones porque ha sido motivo de controversia.

Una úlcera gástrica, por ejemplo, será siempre un trastorno físico del aparato digestivo. Pero bajo ciertas condiciones puede ser además el síntoma de problemas psicológicos. En definitiva se trata de dos puntos de vista que no se excluyen: el gastroenterólogo y el psicólogo enfocan el asunto desde puntos de vista diversos, y no se contradicen sino que se complementan.

En los grupos de Alcohólicos Anónimos es usual la confluencia de extremas personalidades y las más variadas profesiones. Este simple hecho estaría indicando que el alcoholismo no hace diferencias sociales, económicas o intelectuales. Pero, igualmente es posible encontrar algunos denominadores comunes, haciendo dos salvedades: muchos alcohólicos no encajan con exactitud en los tipos que pasamos a describir y muchas personas que no responden a estas características pueden volverse alcohólicas.

El tipo de personalidad inmadura:

 La inmadurez de la personalidad se produce cuando alguno de sus aspectos es interrumpido en su desarrollo. Hay personas que no son capaces de iniciar una vida adulta independiente, y con el paso del tiempo siguen viviendo en la casa paterna. Otra gente logra “despegar”, pero no está en condiciones de tomar decisiones propias y recurre constantemente al consejo del padre/ madre, sigue dependiendo económicamente de ellos y si forma una pareja encuentra dificultades para llevarla adelante. Aún cuando sean intrínsecamente valiosas, estas personas no desarrollan una vida productiva y se refugian en melancólicos recuerdos, añorando aquello que esperaban ser y nunca fueron.

Por lo general fueron niños que no tuvieron sus necesidades afectivas satisfechas, y se han detenido en el tiempo a la espera de una especie de indemnización. Por algún motivo “descubren” el alcohol y se van introduciendo en la botella como una manera eficaz de paralizar su crecimiento, aunque desde luego no puedan tomar conciencia del hecho. Es común que desarrollen una relación edípica con la madre. No es casual que el lenguaje popular y cotidiano se refiera a los borrachos como “mamados” y a la borrachera como “mamúa.” Y esta peculiaridad no es exclusiva de los varones. Muchas mujeres alcohólicas casadas no pueden prescindir del prestigio y la reverencia que confieren en su vida a la figura materna, que a veces llega a interferir pesadamente en su relación matrimonial.

Para esta clase de personas el presente no es más que una prolongación del pasado, y las circunstancias actuales son vividas como en una nebulosa. Lo que importa es mantener vivo ese pasado, y nada ni nadie tendrá el poder de desplazarlo. Pero, como la realidad cotidiana las abruma, se refugian en el alcohol para ocultarla y poder así regodearse en sus recuerdos, o más precisamente en lo que creen recordar; suele haber en su memoria una considerable dosis de fantasía. Si la realidad les impide o dificulta rescatarla, allí está la botella para ayudarles a evocar.

Los desajustes sexuales

Muchos alcohólicos experimentan diversos tipos de trastornos sexuales. El más común es la impotencia masculina. Desde luego que una prolongada ingesta alcohólica la provoca directamente, pero aquí se trata de la impotencia previa al alcoholismo. Es más frecuente de lo que se supone, porque casi nadie está dispuesto a ventilar este problema.

Otros alcohólicos no pueden satisfacer su impulso sexual porque se encuentran inhibidos frente al sexo opuesto, y se desinhiben recurriendo al alcohol. La mayoría de ellos tiene una imagen distorsionada de la relación sexual, considerándola impura o bien idealizándola a un grado de solemne irrealidad. Estas racionalizaciones sirven para disfrazar el temor a no poder realizar el acto sexual con normalidad.

Por otro lado están los alcohólicos que tienen una sexualidad desviada de uno de sus fines, la reproducción, o aquellos que no disfrutan con el acto sexual en sí sino con un conjunto de acciones y objetos que lo rodean, y sin los cuales no pueden llevarlo a cabo. En estas categorías se encuentran los homosexuales de ambos sexos, los sadomasoquistas y los llamados voyeurs o mirones. Muchos de ellos recurren al alcohol para aliviarse de la vergüenza, o bien suponen que la bebida les ayudará a cambiar su conducta sexual. Pero también es común que muchos alcohólicos caigan en la adicción como consecuencia de haber reprimido fuertemente sus tendencias sexuales, y al desinhibirse con la bebida se atrevan a desahogarlas.

El tipo de personalidad auto-tolerante:

Cuando un niño es sobreprotegido pierde la posibilidad de tomar iniciativas, y a la larga puede convertirse en un pusilánime. Al llegar a la edad adulta seguirá esperando que los demás decidan por él, tendrá temor a cualquier persona o situación que pueda traerle problemas, y en general no sabrá manejarse socialmente. Como consecuencia de la educación recibida tendrá hacia su persona una excesiva indulgencia, y será escasa su capacidad para aceptar frustraciones. Estos alcohólicos manifiestan una constante ansiedad oral, y su necesidad de succionar es permanente. Suelen requerir atención continua, y recurren al alcohol porque es algo que los gratifica y no se les niega, está siempre a mano. Su necesidad de buscar y encontrar placer se aplaca temporalmente con la bebida, y experimentan un gran gusto al consumirla. No beben para buscar un efecto, como otros alcohólicos que incluso sienten rechazo físico hacia el alcohol, sino que disfrutan cada trago. Terminan pareciéndose a niños embelesados con su juguete, y mientras no les prohíban beber no suelen entrometerse con nadie.

El tipo de personalidad auto-agresiva.

A muchos niños se los obliga a reprimir sus sentimientos, y cuando son agredidos deben cuidarse de reaccionar. Se los fuerza a contenerse a toda costa, lo que sin duda fomenta que los normales impulsos agresivos se vuelvan contra ellos mismos. En su vida adulta tienen temor de expresar su ira, y generalmente son personas que se dejan dominar por un jefe o por su propia pareja. Aunque a veces se atrevan a manifestar su disconformidad, tarde o temprano se autoinculparán por haberlo hecho. Al dominar su agresividad, se produce un malestar que se alivia con la bebida; y además obtienen un beneficio secundario, ya que el alcohol les permite exteriorizar lo que reprimen. Tienen borracheras agresivas, lo que les llenará luego de culpa; y volverán al alcohol para aliviarse de ella.

La personalidad auto-suficiente.

Muchos niños “malcriados”, excesivamente consentidos, tienden a desarrollar fantasías de omnipotencia. Al ir creciendo reciben de la sociedad los frenos que no supieron ponerles en el hogar. Comprueban con dolor y ensañamiento que no son omnipotentes, y es común que ya en la adolescencia descubran en el alcohol la grandiosidad y la arrogancia que la sociedad se niega a reconocerles. Muchos intelectuales recurren al alcohol para dar curso libre a su fantasía creativa, y si al cabo del tiempo quedan atrapados en la adicción es muy difícil que lo admitan porque al final ya no tienen capacidad para imaginar nada, pero el alcohol les sigue procurando esa mágica sensación de ser superiores a todos los demás.

Estos “tipos” o “contornos” son los más notorios entre los alcohólicos, pero es necesario reiterar que existen individuos que no se ajustan a ellos a pesar de ser alcohólicos. Otros, en cambio, pertenecen a esta tipología pero no tienen problemas con la bebida. También es importante señalar que estos perfiles no se excluyen entre sí. Hay alcohólicos, por ejemplo, que a su notoria inmadurez agregan trastornos sexuales y una gran tolerancia y conmiseración hacia su persona. Otros no tienen problemas sexuales pero se manifiestan ostensiblemente autosuficientes, y de la inmadurez no escapa prácticamente ningún alcohólico.
Desde luego que estos “tipos” son observables en alcohólicos que aún conservan su mente y su físico medianamente en condiciones, pues el deterioro mental distorsiona por completo la personalidad y hace imposible cualquier estudio serio al respecto. En las últimas etapas del alcoholismo, previas a la muerte, ya ninguna disquisición es válida.

¿El alcoholismo es hereditario?

Alrededor de 1935, algunos médicos comenzaron a investigar una posible herencia genética en alcohólicos crónicos, basándose en que sus conductas parecían exceder la hipótesis de un mero síntoma. El doctor William D. Silkworth, uno de los médicos que más colaboró en la fundación de Alcohólicos Anónimos, escribió al respecto: “Hay muchas situaciones que surgen de este fenómeno de la desesperación alcohólica, que hace que los hombres hagan el sacrificio supremo de sus vidas antes que continuar en la lucha.”

La clasificación de los alcohólicos resulta muy difícil. Desde luego, existen los psicópatas que son seres emocionalmente inestables. Son los que siempre nos dicen que no volverán a tomarse un trago y encubren su arrepentimiento haciendo infinidad de resoluciones, pero nunca toman una determinación. Tenemos el tipo de hombre que no está dispuesto a admitir que no puede tomar ni una copa, y que planea distintos modos de beber: cambia de marca y muda de ambiente. Existe el que cree que después de permanecer sin beber licor por cierto período de tiempo, puede tomarse algunas copas sin peligro. Y existe el tipo maníaco-depresivo, que es tal vez al que menos comprendan los amigos. Pero, también existen tipos enteramente normales en todos los órdenes, excepto en cuanto al efecto que el alcohol produce en ellos. Muchas veces se trata de personas aptas, inteligentes y amigables.

Todos estos tipos, y muchos otros, tienen un síntoma en común: no pueden comenzar a beber sin que se desarrolle en ellos el fenómeno de la desesperación por el ansia desenfrenada de más alcohol. De acuerdo a esta concepción, los alcohólicos serían individuos cuyo organismo les impide metabolizar correctamente el alcohol. Con el paso del tiempo irían adquiriendo una anormal tolerancia y no podrían detenerse hasta rebasarla.

Se han postulado factores endocrinos y de nutrición. Se supone que ciertos alcohólicos carecen de un factor necesario para el metabolismo, pero aún no se ha probado que esto sea así. Otra teoría sostiene que los alcohólicos poseen una anormalidad enzimática que deteriora el metabolismo de algunas sustancias, creando un aumento de su necesidad y estableciendo así un modelo metabólico que predispone al alcoholismo. Si bien esto se ha comprobado en muchos bebedores, se parte de la teoría de una posible causa, cuando bien puede tratarse de una consecuencia de la prolongada ingesta alcohólica.

De todas maneras, el alcoholismo puede heredarse de una manera bastante complicada. Los hijos de alcohólicos están mucho más predispuestos que otros a esta adicción. Todavía no se sabe si la tendencia al alcohol puede heredarse genéticamente o si se transmite por el medio social y cultural en el que el niño se desarrolla. Hay estudios que han comprobado que los hijos de alcohólicos, adoptados enseguida de nacer por padres no alcohólicos, están más predispuestos al alcoholismo que los hijos de no alcohólicos adoptados en las mismas circunstancias. Recíprocamente, hijos de no alcohólicos adoptados por alcohólicos, corren un riesgo cinco veces menor que los primeros. Es por eso que, se supone que los factores del ámbito familiar, cultural y social no son los únicos que inciden en el alcoholismo.

El ámbito familiar

El mayor factor de riesgo reside quizá en los hogares donde el alcohol circula libremente y donde uno o más adultos suele excederse a menudo, aún cuando no sea alcohólico. Hijos varones de padres alcohólicos han manifestado que comenzaron a beber como una forma de comunicarse con un padre ausente; era su manera de tratar de entenderlo, identificarse con su hábito. En una familia donde el alcohol está presente en cualquier circunstancia el riesgo de alcoholismo es obviamente mayor. Pero también puede resultar peligrosa la actitud contraria. Hay familias en las que el alcohol es equivalente a una mala palabra, sea por motivos religiosos o por prejuicios sociales. Un adolescente rebelde puede sentirse paradójicamente incitado a la bebida, uniendo su rebelión al placer de lo prohibido. En cualquier caso, lo más apropiado será un justo límite, sin convertir al alcohol en un tabú, dos extremos desaconsejables. Más allá de posibles causas genéticas, el alcoholismo de un progenitor pone a los hijos en alto riesgo.

¿Una sociedad alcohólica?

La incitación a beber no es sólo explícita. De hecho, las oportunidades para hacerlo son múltiples. El precio cada vez más accesible fomenta el consumo masivo. Muchos adolescentes se inician en el alcohol para no ser menos que algunos miembros de su grupo, o porque sus “ídolos” de la música o el deporte, lejos de desdeñarlo lo aprueban con ostentación.

La actitud cultural hacia el alcohol es una muy importante causa, que actúa por debajo y en apoyo de la publicidad. En sociedades machistas como la nuestra, “beber es cosa de hombres”, lo que no impide que cada vez más mujeres se vuelvan adictas, acaso por algún resabio de competencia.

Las causas y las consecuencias del alcoholismo terminan entrelazándose y formando un entramado difícil de desarmar. Si se comienza a beber todos los días, se adquiere una dependencia, y esta dependencia lleva inexorablemente al abuso cotidiano. Si se producen daños físicos, el bebedor se siente cada vez más vulnerable y reincide con mayor frecuencia y empeño. Si como consecuencia de beber en exceso se experimenta un rechazo social, se insiste en la bebida como una forma de desahogo.

Factores de Riesgo
ETAPAS

Como todas las enfermedades, el alcoholismo es progresivo. En la mayoría de los casos esta progresión es lenta y puede demorar años antes de desencadenarse. El doctor E. M. Jellinek, del Consejo Argentino de Alcoholismo

(CADA) distingue cuatro fases en su desarrollo:

Fase pre-alcohólica. Se comienza por recurrir al alcohol como un medio de obtener el alivio y la desinhibición frente a ciertas tensiones internas. El aficionado comienza a beber regularmente, sin caer en el exceso. Con su conducta no interfiere en la vida de nadie, simplemente ha descubierto un tranquilizante que lo ayuda a sobrellevar sus dificultades. Ocurre que, sin darse cuenta, aumentan las enzimas que produce el hígado para metabolizar el alcohol, de manera que la misma cantidad es metabolizada más rápidamente y por lo tanto produce un menor efecto; se vuelve necesario aumentar la dosis para obtener el mismo efecto, creciendo así la tolerancia a la bebida.

Fase prodrómica. Esta fase es exclusivamente sintomática y señala el comienzo de lo que podría llamarse “carrera alcohólica.” Es entonces cuando las borracheras se vuelven frecuentes y aparecen las “lagunas”: el alcohólico puede cometer una serie de actos de los que al día siguiente no tiene el menor recuerdo. El bebedor suele tomar a escondidas, en su afán por disimular ante los demás su creciente necesidad de alcohol. Se preocupa por la posible falta de alcohol en ocasión de cualquier festejo. Empieza a rondarlo el ansia irrefrenable de beber, y aparece una sensación de culpa por su forma de hacerlo; entonces bebe más para evitar la culpa. Evita las conversaciones que se refieren al alcohol, y se siente aludido en ellas. Se siente obligado a justificarse por su manera de beber, dando explicaciones que habitualmente no le piden; y si se las piden se siente profundamente ofendido. Al final de esta etapa aumentan las “lagunas” debido al creciente deterioro del sistema nervioso. El alcohólico alcanza todavía a controlar la compulsión, y es entonces cuando las medidas preventivas pueden aún encauzarlo. La fase puede durar entre seis meses y cinco años aproximadamente, dependiendo de la constitución física, el nivel cultural y los principios éticos de cada uno. Hay que señalar que algunos alcohólicos se “saltan” esta etapa, pasando directamente de la fase pre-alcohólica a la fase crítica.

Fase crítica. En esta etapa se desarrolla la enfermedad propiamente dicha, comenzando por una efectiva pérdida de control con respecto a la bebida. Por más que se lo proponga, el alcohólico está incapacitado para medir lo que bebe. El ansia irrefrenable de beber se instala en el centro de su vida y bebe sobre todo para escapar de una realidad que se vuelve cada vez más complicada e insufrible. Suele ser una época de pruebas (no tomar determinados días, no mezclar bebidas) que pueden durar un breve lapso pero que a la larga resultan infructuosas. Se comienza a sospechar con verdadero terror que la fuerza de voluntad no sirve. Como le cuesta razonar prefiere racionalizar; es decir, convertir las excusas en “razones”. Estas resultan indispensables para justificar sus borracheras y librarse de la consiguiente culpa. Se miente a sí mismo y a veces logra que le crean o que finjan creerle, lo que lo estimula a seguir haciéndolo. Pelea desesperadamente por defender sus pretextos y una posición que se desmorona frente a la familia o en el ámbito de su trabajo. Ante el fracaso de las pruebas para controlarse comienza a prometer que no beberá nunca más, ni una sola gota. Esta promesa puede durar un tiempo, pero si no hace un tratamiento la existencia se le vuelve todavía más insoportable, y termina reincidiendo de la misma o aún peor manera compulsiva y autodestructiva. Para escapar de su baja autoestima y hasta del desprecio ajeno elabora fantasías de grandiosa arrogancia, jugando a sentirse alguien muy superior al común de los mortales. Suele volverse agresivo, proyectando sus sentimientos de culpa en los demás, pero el remordimiento no lo abandona tan fácilmente y puede caer en la autoconmiseración y el llanto persistente. Pierde el interés por las actividades que antes lo entusiasmaban o distraían, y el alcohol parece monopolizarlo todo. Hay un evidente deterioro de las amistades, la salud física y mental está seriamente comprometida, y muchos alcohólicos han tenido en esta etapa su primera internación clínica o psiquiátrica. También es común que se experimente una disminución del impulso sexual, y suelen aparecer los celos irracionales. Se requiere alcohol al despertarse, para calmar los temblores. Ya no hay horarios o lugares, y se bebe a cualquier hora y en cualquier parte.

Fase crónica. El alcohol se convierte en una necesidad imperiosa y constante y, al disminuir la cantidad de enzimas para metabolizarlo, baja la curva de tolerancia y con cantidades menores se sufre el mismo efecto, cayendo en un estado de embotamiento continuo, sin perjuicio de momentos de embriaguez. Las defensas orgánicas se reducen a su mínima expresión y se acusa un pronunciado deterioro ético, incurriendo en conductas ostensiblemente antisociales. Son frecuentes los trastornos mentales y, por último, se llega en muchos casos a la cárcel o a la hospitalización definitiva. La muerte es casi siempre prematura, y ocurre por diversas enfermedades concomitantes o por suicidio.

EFECTOS Y CONSECUENCIAS
Los efectos dañinos del alcoholismo son mucho más variados y graves de lo que a primera vista pueda suponerse. Las consecuencias no son sólo padecidas por los alcohólicos; también las familias y la sociedad suelen pagar un alto precio por una adicción que directa o indirectamente fomentaron y las involucra.

Daños sobre el físico y la mente.

La primera consecuencia perjudicial que se experimenta es la desnutrición. Ya sea por motivos económicos u otras circunstancias, los alcohólicos se alimentan deficientemente. Sienten un particular rechazo por los dulces y atienden prioritariamente a tener cubierta su cuota diaria de alcohol. Comen en forma cada vez más esporádica, y a la falta de proteínas hay que agregar la escasez de vitaminas (especialmente la B), lo que les acarrea fragilidad vascular y neuritis periférica El hambre se disimula por el constante incremento de calorías alcohólicas, el estómago se inflama y dilata y es común que se produzcan graves desarreglos en el metabolismo. El hígado altera su funcionamiento y puede llegarse a la cirrosis, un endurecimiento de los tejidos que produce la muerte. También son comunes la gastritis, la menos grave de todas las afecciones alcohólicas, y la inflamación del páncreas.

La neuritis periférica se produce como consecuencia de la desnutrición, y el sistema nervioso se deteriora, en particular aquellos nervios que parten de la columna vertebral hasta las extremidades. Se comienza con una sensación de hormigueo en pies y manos, y puede llegarse al entumecimiento total. También son afectados los nervios que van a la piel, de modo que la persona pierde el sentido del tacto. En etapas avanzadas se llega a caminar con extrema dificultad, y puede ser necesario un prolongado tratamiento en cama, ya que la recuperación es particularmente lenta.

La deficiente dosis de vitamina B en el organismo puede producir también graves trastornos de la memoria, que se conocen como el síndrome de Korsakov. Se trata de un fenómeno que se manifiesta en forma de amnesia, donde los sucesos más o menos remotos se recuerdan con toda claridad pero en cambio se olvida todo lo ocurrido recientemente. Luego de una agitación con señales de confusión que puede durar varios días, el paciente se calma y parece volver a la normalidad. Es capaz de razonar con claridad, pero si se profundiza en la conversación se descubre que el paciente no puede recordar nada de lo que ocurre a su alrededor. Su memoria, en cambio, tendrá almacenado en perfecto orden todo lo que sucedió antes de la enfermedad. Quizá como consecuencia de la pérdida de la memoria inmediata la inteligencia sufre un progresivo deterioro, y el paciente tratará de llenar esa falla confabulando historias para disimularla. Si bien es imposible revertir por completo este síndrome, con una adecuada medicación puede recuperarse parcialmente la memoria. Otra enfermedad concomitante es la llamada encefalopatía de Gayet-Wernicke. El paciente manifiesta una tendencia a la dispersión, y aunque conserva plena conciencia responde a las preguntas con mucha lentitud. A veces también tiene pérdida de memoria, y pierde con facilidad el equilibrio, resultándole difícil caminar.

La demencia alcohólica consiste en una progresiva pérdida de inteligencia causada por el exceso de bebida que provoca la destrucción de células cerebrales. La actividad intelectual disminuye y hay dificultad para hacerse entender. Basándose en recientes investigaciones, la pérdida de tejido cerebral comienza en la carrera alcohólica. Si esa pérdida es considerable, el paciente puede ser internado en forma permanente; pero hay que señalar que muchos alcohólicos no han padecido esta patología, que una vez instalada es irreversible.

Los accidentes de abstención o síntomas de abstinencia aparecen en los días siguientes a la interrupción o reducción considerable del consumo acostumbrado, y se deben a la abrupta caída de la concentración de alcohol en la sangre. Su gravedad varía y pueden presentarse en forma aislada o bien asociados entre sí. A veces ofrecen una secuencia: temblores, convulsiones, alucinosis y delirium tremens. Los temblores matinales suelen ir acompañados de insomnio, sudores y ansiedad extrema, y se calman bebiendo de nuevo para resurgir al día siguiente con igual o mayor intensidad. Las convulsiones (epilepsia alcohólica) se producen una o varias veces en un corto lapso. La abstinencia de alcohol estimula descargas eléctricas cerebrales, que pueden ser aisladas o bien intensificarse hasta llevar a la pérdida de la conciencia. El remedio para esta clase de epilepsia consiste en la definitiva supresión de la intoxicación alcohólica. La alucinosis de los bebedores puede ser acústico-verbal y/o visual, y va acompañada de incontenible ansiedad. El delirium-tremens se produce en personas cuyo alcoholismo activo lleva no menos de diez años, y se anuncia habitualmente por medio de temblores, anorexia, sed o insomnio con agitación nocturna. En estado de obnubilación, el enfermo cae en un vehemente onirismo. Muy rara vez puede tener visiones agradables, comúnmente tiene verdaderas pesadillas en estado de vigilia, con imágenes terroríficas que van acompañadas de ruidos amenazantes, extrañas voces que anuncian la muerte y espeluznantes sensaciones táctiles: insectos y reptiles pugnan por asediar el cuerpo del enfermo, que se desespera en el intento de apartarlos. No reconoce el lugar donde se encuentra, y puede desconocer a las personas que lo atienden, saludando a otras que no conoce. Se siente constantemente amenazado y hasta puede ponerse a luchar para detener o vencer a sus supuestos agresores. Los signos generales muestran la gravedad del ataque: fiebre, deshidratación, taquicardia, sudoración excesiva. Con un tratamiento adecuado, en entre dos y cuatro días llega la curación. Vuelve el sueño, y con él la calma y la lucidez perdida. En muy pocos casos se produce un desenlace fatal, si las defensas del organismo son muy débiles y el delirium tremens precipita una enfermedad latente.

El alcohol también puede afectar al sistema nervioso central. La intoxicación alcohólica aguda (embriaguez) presenta diversas características.

La embriaguez simple modifica el humor, que puede volverse extrovertido o depresivo. La atención cae, se produce una desinhibición y una notoria falta de coordinación motriz, con pérdida del equilibrio, dificultad para pronunciar correctamente y visión duplicada.La embriaguez patológica adquiere una forma anormal, pudiendo llegarse a extremos de agresividad incontrolable, junto con alucinaciones y delirios que ponen en peligro la vida del alcohólico o de terceros. Por último, el coma alcohólico puede ocurrir en alcoholemias que exceden los niveles habituales, y llega a producir la muerte por paro respiratorio, con un descenso abrupto de la temperatura corporal y tendencia al colapso. Son factores predisponentes la exposición al frío (vagabundos en noches de invierno) o un prolongado ayuno previo a la inmoderada ingesta alcohólica.

Aparte de todas estas afecciones de origen orgánico, muchos alcohólicos presentan desórdenes de conducta a los que se denomina “funcionales”, y que son de orden psicológico. Entre ellos pueden mencionarse los celos patológicos, más comunes en los hombres que en las mujeres, que al ir aumentando pueden convertirse en delirio alucinatorio.

Costo  familiar

El costo del alcoholismo es muy grave a nivel familiar y social. Los alcohólicos no sólo deterioran su mente y su organismo, ya que la decadencia se manifiesta también en un abrupto descenso del nivel profesional o laboral, incidiendo directamente en las relaciones familiares. El índice de abuso sexual de menores es más alto que el común en hogares donde alguno de los padres es alcohólico. La familia padece una serie de trastornos que terminan por desintegrarla, y por lo general el divorcio impide que sucedan males mayores. La peligrosidad no se circunscribe sólo a casos de alcoholismo crónico, ya que muchos bebedores en etapas previas pueden manifestar un alto grado de agresividad. Los golpes pueden terminar en homicidio preterintencional, culposo o doloso. Los cónyuges e hijos de alcohólicos pagan un alto costo y tienen grandes dificultades para insertarse en la sociedad.

Síntomas
A largo plazo el alcoholismo puede llevar a:

CONSECUENCIAS CLÍNICAS

Cardiopatías

Aunque el consumo moderado de alcohol parece reducir el riesgo de ataques cardíacos mejorando los niveles de colesterol, las dosis más grandes de alcohol pueden desencadenar ritmos cardíacos anormales y aumentar la presión arterial inclusive entre las personas que no tienen un historial de cardiopatía. Un estudio reciente encontró que las personas que bebían hasta embriagarse (nueve o más bebidas una vez o dos veces a la semana) tenían un riesgo de correr una emergencia cardíaca dos veces y medio mayor a la de los no bebedores. Un estimado 11% de todos los casos de hipertensión son causados por la ingestión excesiva de alcohol. El abuso crónico de alcohol también puede lesionar el músculo del corazón lo cual conduce a la insuficiencia cardíaca; las mujeres son particularmente vulnerables a este trastorno.

Cáncer

El alcohol quizás no cause cáncer, pero probablemente puede aumentar los efectos carcinogénicos de otras sustancias, como el humo del cigarrillo. El beber a diario aumenta el riesgo de contraer cánceres del pulmón, esófago, estómago, páncreas, colon y recto, cánceres de las vías urinarias, tumores cerebrales, linfomas y leucemias. Cerca del 75% de los cánceres del esófago y 50% de los cánceres de la boca, la garganta y la laringe se atribuyen al alcoholismo. El tabaquismo combinado con la bebida alcohólica aumenta de manera extraordinaria los riesgos de contraer la mayoría de estos cánceres. El riesgo de contraer cáncer del hígado aumenta en los alcohólicos, y aún en la persona que toma de manera moderada --tres a nueve bebidas a la semana-- puede aumentar la probabilidad de desarrollar cáncer de la mama en las mujeres.

Problemas gastrointestinales y hepáticos

El alcohol pone en particular peligro al hígado. Aquí, el alcohol se convierte en una sustancia aún más tóxica, acetaldehído, que puede causar un daño sustancial, incluyendo cirrosis en 10% de las personas que sufren de alcoholismo. El daño hepático es más común y se desarrolla más rápidamente en las mujeres que en los hombres con historias similares de abuso de alcohol. Dentro del tracto gastrointestinal, el alcohol puede contribuir a la causa de úlceras y pancreatitis, una infección grave del páncreas. En una escala menor, puede causar diarrea y hemorroides.

Neumonía y otras infecciones

El alcohol suprime el sistema inmunitario y las personas que sufren de alcoholismo están propensas a las infecciones. El alcoholismo agudo en particular se asocia con una forma grave de neumonía, la cual puede deberse a factores diferentes al deterioro del sistema inmunitario. Un estudio en animales indica que el alcohol daña específicamente la capacidad que tienen las células del pulmón de combatir bacterias.

Efectos hormonales

El alcoholismo aumenta los niveles de la hormona femenina conocida como estrógeno y reduce los niveles de la hormona masculina conocida como testosterona, factores que contribuyen a la impotencia en los hombres.

Diabetes

El alcohol puede causar hipoglucemia, una disminución en el azúcar sanguíneo, que es especialmente peligroso entre las personas con diabetes que toman insulina.

Síndrome de dificultad respiratoria agudo

El síndrome de dificultad respiratoria agudo (ARDS, según siglas en inglés) es una forma a veces mortal de insuficiencia pulmonar que puede ser causado por varias afecciones médicas (incluyendo cirugía de desvío del corazón y el pulmón, infección severa, trauma, transfusiones de sangre, neumonía y otras infecciones del pulmón). Un estudio reciente indica que los pacientes en cuidados intensivos con antecedentes de abuso de alcohol corren un riesgo significativamente mayor de desarrollar ARDS durante la hospitalización.

CONCLUSIÓN

Los problemas relacionados con el alcohol constituyen una enfermedad frecuente que tiene serias consecuencias para el individuo, su familia y la sociedad en general. Aunque los sujetos afectados tienen dificultades para reconocer su problema y la mayoría no son capaces de superarlo sin ayuda, en la actualidad existen numerosas alternativas que permiten una rehabilitación efectiva. Al final, los esfuerzos serán recompensados y será posible ofrecer una nueva esperanza de vida a las personas que padecen este flagelo.

 

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